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VICENTE LÓPEZ

Vicente López, la tranquilidad a mano de todo

Calles donde el tiempo parece no haber transcurrido. Más allá, el verde invita a reencontrarse con lo natural. Aves coloridas, el sonido del río. Alimento para el alma y alimento para el cuerpo. Eso es Vicente López.

TEXTO: Karina Pontoriero     FOTOS: Lucía Sarasqueta

He recorrido un largo camino sin ver. Ese fue mi gran descubrimiento cuando asumí la responsabilidad de escribir esta nota sobre Vicente López. Tal vez usted, estimado lector, se preguntará el porqué de esta afirmación. Y merece saber la respuesta. Uno, muchas veces, anda los mismos caminos, de ida y de vuelta. Toma atajos, inventa nuevos circuitos, pero siempre llega a los mismos lugares. Lugares por los que ha pasado en tantas oportunidades que cree poder describir cada detalle con los ojos cerrados. Seguro también le sucedió. Claro que, como decía Tusam: “puede fallar”. Y en mi caso, falló. ¿Qué le mostraría a un amigo o familiar que llega a Vicente López en calidad de turista? Bajo esa premisa comencé a caminar calles que recorro desde que tengo memoria y, para mi grata sorpresa, a cada paso mi mente se limpiaba de recuerdos y generaba espacio para volver a sorprenderse y redescubrir hermosos e imperdibles rincones.

Pero volviendo a la pregunta que disparó este recorrido, ¿a dónde llevar a un turista en Vicente López? Todo depende de cuáles sean los intereses del viajero en cuestión. Por ejemplo, a un amante de lo clásico debe llevarlo a recorrer las callecitas empedradas de Olivos, desde Ricardo Gutiérrez y Av. Maipú hasta la Estación Jorge Luis Borges del Tren de la Costa y su regreso por Alberdi. Ese radio comprende el llamado casco histórico de Vicente López. El must para los que disfrutan de la naturaleza es la Reserva Ecológica de La Lucila y, por supuesto, el Paseo de la Costa, al costado del río. Los más cultos o intelectuales también tienen opciones: una visita al Museo Lumiton en Munro, el cine York en Olivos, el Museo Rómulo Raggio o la Quinta Trabuco, en Melo y colectora, satisfarán sus deseos de arte.

Y si a su turista amigo le gusta el buen comer hay propuestas para todos los gustos, desde restaurantes con menúes internacionales hasta lugares donde comer alimentos saludables y orgánicos. Como verá, hay recorridos personalizados para cada tipo de turista. O customizados, como se acostumbra a decir ahora.

Un poco de historia

Como seguramente ya sabe (y si no lo sabe, lo sospecha) Vicente López  debe su nombre al creador de la letra del Himno Nacional Argentino. Sus escasos 33 km² lo convierten en el partido más pequeño de la Provincia de Buenos Aires.

El 1 de febrero de 1891, cuando murió Bartolomé Mitre, se decidió llamar con su nombre a la  estación cercana a la Quinta Presidencial del entonces Ferrocarril que unía Buenos Aires y Rosario. Dos años más tarde, el ex Ferrocarril del Norte (actual ramal Retiro – Tigre del Tren Mitre) inauguró el tramo que va desde Belgrano R hasta la estación Olivos. Poco después se construyó una estación ferroviaria de desvío para las cargas del Ferrocarril del Norte, esa es la actual estación Vicente López.

Olivos para nostálgicos

 El plan es arrancar desde temprano con un desayuno en el Café de Paris ubicado en Azcuénaga 1200, frente a la estación Vicente López, un lugar privilegiado por sus conocidas cinco esquinas. Un lugar con su propio encanto. Un edificio construido en 1930 que fue lechería, más tarde bodegón y hoy es un clásico entre los vecinos. En esa esquina, donde se escucha tango de fondo y hasta muchos se animan a la milonga, uno se transporta a otro mundo. Cita ineludible. Su turista amigo va a quedar fascinado. Y usted también.

Desde ahí puede tomar el tren hasta Olivos (son sólo 5 minutos de viaje) y subir por Juan Bautista Alberdi hasta encontrarse con la Estación Borges del Tren de la Costa. Un pintoresco bar -Luna Córnea- donde los fines de semana hay shows y siempre hay muestras de pintura, fotografía o libros de arte llamarán su atención. No se deje tentar durante mucho rato porque lo mejor aún está por venir.

Ahí nomás, cruzando la estación, está la Plaza Dr. Horacio González del Solar, un homenaje al séptimo intendente de Vicente López. Allí hay una escultura que recuerda a Fernán Félix de Amador y un busto en memoria al entrañable humorista Juan Carlos Altavista.

No necesita más que dar media vuelta para ver la fachada del Cine York (Alberdi y Catamarca). Con más de 100 años de historia -fue inaugurado en 1910 y reabierto en el 2000- este escenario supo recibir a grandes actores y músicos. Hasta el Teatro Colón tuvo su noche de gala en el Cine York.

Una cuadra más y llegará a la Plaza Vicente López (entre las calles Salta, Ricardo Gutiérrez, Alberdi y Winenberg), epicentro del casco histórico, donde los fines de semana la rodea una nutrida feria de artesanos. Calles empedradas, casas bajas con amplios jardines y hermosas fachadas, se pueden observar desde la plaza.

Tres paradas destacadas en este punto:

  1. La Parroquia Jesús en el Huerto de los Olivos, un edificio que ocupa casi media manzana,  erigida en 1897. El edificio actual, que impacta por su prominente vegetación, fue inaugurado en 1939 (Ricardo Gutiérrez y Salta).
  2. La esquina Gandini Hnos. Este edificio, que data del año 1900, fue comprado en 1938 por los hermanos Gandini, quienes fundaron el bar más famoso y antiguo del Partido.
  3. Casa de la Cultura: Inaugurada en 1981, es la más nuevita de las construcciones. En Ricardo Gutiérrez 1060 funciona la Secretaría de Cultura y Turismo. Le sugiero que se anime a entrar y pregunte. Allí siempre encontrará información sobre exposiciones, talleres o visitas guiadas, entre otras entretenidas actividades.

Naturaleza pura en La Lucila

No sólo de casas bonitas está hecha La Lucila. Allí también está la Reserva Ecológica de Vicente López, a orillas del río (Paraná, altura Av. del Libertador al 4000) y justo en el límite con el vecino Partido de San Isidro. Creada el 25 de marzo de 1983 como Área de Preservación Ecológica (APE) por Ordenanza Municipal Nº 4.765, su superficie actual comprende aproximadamente 2 hectáreas. Centro de visitantes, un pequeño museo donde se exponen diferentes especies del lugar, senderos que recorren 750 metros, vivero de plantas autóctonas, un mangrullo/mirador con vistas hacia la laguna y el río, todo pensado para desconectarse de la locura de la ciudad, mirar el cielo, respirar aire puro y desintoxicarse.

En el límite con este bendito espacio, y a lo largo de 350 metros sobre el río, se extiende un parque público con juegos para chicos y espacios para sentarse y pasar el día. Un dato: la entrada a la reserva es libre y gratuita al igual que todas las actividades dentro de la misma.

Panza llena, corazón contento

Muy lindo alimentar el espíritu, pero también hay que alimentar el cuerpo. Y de gastronomía hay mucho y variado en Vicente López, empezando por Quinta Esencia (Debenedetti 617, La Lucila), un restaurant de comida mexicana que ofrece -por ejemplo- tortillas elaboradas en casa diariamente, siguiendo los métodos ancestrales.

Para los exigentes que buscan probar sabores verdaderamente originales, Mercado Central (Av. San Martín 898) es una propuesta de cocina de autor creada por cuatro amigos. Cada plato combina nuevos sabores con los clásicos de la cocina internacional. Su oferta abarca el Mercado de Flores con mini plantas derivadas del Bonsai, el Mercado de Antigüedades que incluye reliquias como una panadería de cedro del año ‘30 o una báscula Toledo originaria de Ohio de 1940 y, por último, el Mercadito Gourmet, donde puede adquirir productos orgánicos. Ahora, si su elección es más simple, Chemichaux (Av. Maipú 1296) puede ser un buen lugar. Una casona de época que ofrece pizzas a la parrilla de 12 porciones.

La vida sana puede seguir sin inconvenientes en Alguito Espacio Consciente (Tapiales 1185). Mucho color, mesas al aire libre y una carta donde la comida orgánica, natural, vegana o vegetariana, son protagonistas. Un lugar ideado para aquellos que creen que un mundo sustentable es un mundo mejor.

“Vivamos Vicente López” es el lema del Municipio. Mi consejo: al vivirlo no olvide llevar su cámara de fotos. Va a descubrir nuevos lugares.

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BAJO DE SAN ISIDRO

San Isidro. Camino al río

Los árboles cruzan de lado a lado sobre esas callecitas adoquinadas que son el preámbulo de lo que está por venir. Barranca abajo, el tiempo revaloriza su sentido.

TEXTO: Soledad Avaca Cuenca     FOTOS: Hernán Vega

No es fácil poner en palabras lo que los ojos ven y el corazón siente, sobre todo si se trata de ese lugar al que uno vive como propio.

Conviene entonces recorrerlo con ojos de turista para captar su esencia y traducir los encantos que en cada esquina esconde. Algunos dicen que no hay otro igual. Lo cierto es que hay algo que a San Isidro lo hace distinto.

Caminando por el bajo, se encuentran esas casitas de colores, llenas de arte y pasión, con flores que asoman con el sol y otras que con la lluvia dejan escapar un aroma especial que conviene disfrutarlo con ojos cerrados.

Cerca del río, regala una vida más tranquila, donde vale la pena adentrarse y conocer historias que a veces sólo se escuchan lejos de la ciudad. Pero allí están todas. Un hombre que vive en un barco, que dejó el agua para anclarse en tierra. Una mujer que abre las puertas de su casa para mostrar su arte y compartir enseñanzas. Un anticuario que vive rodeado de piezas que cuentan sus relatos de tiempos pasados. O un bohemio que, con guitarra en mano, aún se anima a cantarle al amor. Esa mezcla regala San Isidro. Un poco de todo. Una catedral que se muestra inmensa, renovada, custodiando un rincón que crece al ritmo de la vida. Donde la gente se mezcla en la plaza de artesanos con puestitos que llevan a viajar por el mundo y por las distintas épocas, con objetos y palabras que traspasan el tiempo, y a veces la realidad. Y allí, las bicicletas pasan sin prisa y las risas se escuchan de lejos, quizás de un grupito de chicos que con sus tablas bordean las vías de un tren que ya es parte del paisaje. Y esa estación, reciclada con respeto, es un punto de encuentro. Para enamorarse, para caminar despacito, para encontrarse con amigos, para disfrutar de la música, para hacer un parate en alguna parrillita a la luz de la luna o de unos viejos farolitos que cuelgan de los árboles. Y las mesitas a cielo abierto invitan, sobre todo en esta época del año, a reencontrarse. A sentirse parte del lugar.

Porque San Isidro es así. Un lugar con aroma a vacaciones, para sentirse cómodo, para apropiárselo, para escuchar los silencios cuando cerca del agua el verde se multiplica. Para navegar, para hacer deportes o para sentarse a la vera del río a contemplar el infinito o la gran ciudad que parece abrazarlo. Y eso, para mí, es una mezcla perfecta a media hora del caos del centro porteño. Perfecto para crecer, vivir, envejecer.

Para sentirse parte de lo natural, pero también de la historia. Para conocer en sus museos esa historia que dejó huellas intactas. Para cerrar los ojos e imaginar esa época, de vestidos largos y trajes elegantes, con mujeres con capelina y hombres con bastón que pasean por los jardines de sus estancias. Hoy, el bajo de San Isidro crece, con circuitos de restaurantes y tiendas de autor para disfrutar, pero sin perder esa esencia. Y se convierte en punto de inspiración de esta nota para escribir sin pausa.

Rincones con historia

 

Catedral de San Isidro

Es el símbolo por excelencia de San Isidro. Fue inaugurada en 1898 con la firma de los arquitectos Jacques Dunant y Charles Paquin. Con la misión de detener el deterioro causado por el paso del tiempo, una exhaustiva obra de restauración le devolvió su esplendor. Tras siete años de intenso trabajo, se logró recuperar fielmente el valor expresivo de su estilo gótico. La grandiosidad de sus formas, sus elementos ornamentales, sus vitraux franceses y alemanes cuidadosamente restaurados y su interior lleno de paz y espiritualidad, la hacen única. Motivos válidos para admirarla desde todos sus puntos.

Quinta Los Ombúes

La quinta fue propiedad de Mariquita Sánchez de Thompson y testigo del paso de grandes figuras de nuestra historia, como José de San Martín y Manuel Belgrano. Con los años, pasó a manos de la familia Beccar Varela y, en ella, vivió y murió el doctor Cosme Beccar. Hoy, pertenece a la Municipalidad de San Isidro. Las antiguas habitaciones conservan celosamente objetos y testimonios de ese pasado. Un espacio dedicado exclusivamente a Mariquita Sánchez refleja su destacada actuación en la sociedad de esos tiempos. Seguramente, en su jardín encontraba la paz, ese espacio de reflexión, en medio del verde. Un jardín con barranca hacia el río que regala una de las más exquisitas vistas del bajo de San Isidro. Desde allí, las casas coloridas, llenas de esplendor, asoman por las copas de esos árboles frondosos que custodian un lugar único. Delante, el río.

Museo Pueyrredón

Es la chacra que eligió Juan Martín de Pueyrredón para buscar paz y tranquilidad, en diálogo sincero con el entorno. El museo funciona, desde 1944, en la antigua casona de estilo colonial que exhibe una exquisita colección de elementos que hacen referencia a la vida del prócer y documentos que testimonian los grandes acontecimientos de la época. En su jardín, además, la historia sigue latiendo: bajo un inmenso algarrobo, declarado árbol histórico, Pueyrredón y José de San Martín planearon la Campaña Libertadora. Un espacio para trasladarse en el tiempo, a través de la arquitectura, el mobiliario, los objetos y ese mismo paisaje que alguna vez inspiró a los grandes hombres de nuestra historia.

Villa Ocampo

La historia aún late en sus paredes y en cada rincón de ese apacible jardín, lleno de verde. Se trata de la legendaria e imponente mansión de la escritora Victoria Ocampo que, a lo largo del Siglo XX, fue punto de encuentro de grandes intelectuales, escritores y artistas del mundo. La casa no sufrió grandes transformaciones edilicias desde su construcción y todavía conserva el mobiliario que fue testigo de esas reuniones que sólo el pasado guarda en su memoria. Si algo destaca a Villa Ocampo es la impronta de la escritora y su interés por las vanguardias europeas de principios de siglo. Antes de su muerte, Victoria donó a la Unesco este invalorable lugar para la promoción, estudio, experimentación y desarrollo de actividades culturales, literarias y artísticas. Su sueño se cumplió. Hoy, además, abre las puertas a un mundo que invade al cuerpo de historias, recuerdos, relatos, imágenes únicas y la posibilidad de caminar entre los senderos perfumados de ese jardín, en el que Victoria solía leer a la sombra de los árboles.