INDIA, EXÓTICA Y ESPIRITUAL

0

India, exótica y espiritual

Cuando uno escucha la frase “país exótico”, la India es uno de los primeros destinos que se le vienen a la mente. Eso mismo me pasó a mí cuando surgió la idea de este viaje.

Texto: Mariana Soulages

Fueron muchos los que me advirtieron que fuera “preparada” porque cada uno que pasa por allí tiene una experiencia totalmente diferente: India despierta amores y odios. Pero fue una española que conocí en el avión quien más claramente lo definió: “Yo siempre le digo a la gente que no se puede trasmitir lo que la India te produce; es una experiencia que a cada uno lo marca de una manera particular”, me dijo. Y luego comprobé que tenía razón.

El primer día en Nueva Delhi me embarqué en un tren hacia el desierto. Mientras esperaba en la estación, única turista a la vista, me convertí en el blanco de todas las miradas curiosas. Las mujeres paseaban envueltas en sus hermosos y coloridos saris (vestimenta típica hindú) que imprimían vida a ese escenario detenido en el tiempo. Los hombres, de riguroso pantalón largo y camisa, pese al calor, lucían una moda de los años sesenta, con el bigote prolijamente cortado.

El viaje en tren durante la noche fue la primera aventura a la que logré sobrevivir con éxito gracias a la hospitalidad de los locales que, en su particular inglés, me fueron guiando hasta encontrar mi lugar en el vagón correcto.

Jaisalmer, la ciudad dorada, fue la parada inicial. Un lugar de ensueño, construido alrededor de un fuerte. Allí me deleité con los sabores de la comida hindú, que me cautivó desde un principio, y compartí té chai con los vendedores que, solícitos, desplegaban toda su mercadería en busca de la primera venta del día.

Mi visita a esta ciudad de fantasía fue coronada con una excursión al desierto de Rajastán, con paseo en camello incluido, donde dormí bajo las estrellas de una inmensa y mágica noche.

A partir de allí, inicié mi viaje por este fantástico país en un auto con chofer. Kana, el conductor, hablaba muy poco inglés y algunas palabras en italiano, por lo que la comunicación se hacía complicada, pero a fuerza de horas y horas de viaje por las destrozadas rutas locales, logramos entendernos.

Udaipur, Jodhpur, Ranakpur, Bundi y Jaipur fueron las sucesivas paradas en donde fui cautivada por palacios, fuertes, templos y havelis (viviendas típicas de la antigua burguesía de la región de Rajastán), construidos y decorados con tanto detalle que no parecen producto de la mano humana. En cada lugar que visitaba experimentaba lo que sienten los famosos cuando salen a la calle: los locales me sacaban fotos y se acercaban a hablar conmigo para saber algo más de mí y de mi país. Me sorprendió comprobar que, además de inglés, muchos balbuceaban algunas palabras en español y al escuchar que yo era argentina, no dudaban en nombrar a Messi.

Cada ciudad tiene su encanto, pero en todas se repiten las mismas postales: gente, sobre todo hombres, que brotan de cada rincón y pululan sin hacer nada por las calles y mercaderes que, con tal de vender algo, son capaces de perseguirte una cuadra ofreciéndote un precio irrisoriamente menor al que te habían dicho en un primer momento.

El tránsito es algo difícil de imaginar. Si yo creía que Buenos Aires era una ciudad caótica, no tenía idea de lo que es el verdadero caos. En India, los autos, camiones y tuc tuc van tocando bocina indiscriminadamente con el único motivo de anunciar su paso. A ello, hay que sumarle las vacas, cebúes, cabras, cerdos y monos que vagan por las calles haciendo caso omiso a lo que sucede a su alrededor. Una verdadera locura, pero en la que nadie, pierde la compostura ni el buen humor.

En Jaipur finalicé mi viaje con Kana y me embarqué en el segundo tren hacia Agra, cuna del famoso Taj Mahal. Cuando lo vi frente a mis ojos, con toda su imponente belleza, tuve la misma sensación que podría experimentar quien llegó a la cima del Everest. Desde lejos, el mármol blanco bañado por el sol del mediodía se hace casi imperceptible a la vista, haciendo desaparecer por momentos el edificio en el horizonte. De cerca, cada detalle sorprende e invita a la admiración.

Mi anteúltima parada fue la ciudad sagrada de Varanasi, bañada por las aguas del río Ganges que, según las creencias locales purifican a todo aquel que se sumerja en ellas y lavan el karma. Es por eso que al amanecer, se suelen ver cientos de personas dentro del agua que buscan “limpiarse” y se presencian las ceremonias de cremación de los muertos, cuyas cenizas luego van también al río.

El final del recorrido, de regreso a Nueva Delhi, lo destiné a las compras: una valija llena de recuerdos y regalos, pero por sobre todo, repleta de experiencias inolvidables.

Muchos llegan a este país en busca de paz interior, de espiritualidad. Yo, en cambio, me encontré con una India que no me vendió eso como producto pero que, de alguna manera, me la trasmitió. Llegué llena de miedos y prejuicios que no tardé en derribar gracias a la calidez y alegría de su gente que me hizo pensar en la libertad que tenemos y desaprovechamos. El pueblo hindú está sometido a un sistema de castas que, si bien está prohibido por ley, sigue vigente en su uso y les determina la clase a la que pertenecen, con quién se pueden casar, de qué pueden trabajar y hasta cómo se deben vestir. Es un destino que no se puede cambiar y que se arrastra de generación en generación. Sólo algunos jóvenes de las clases más altas se están animando a romper con esta nefasta costumbre.

Aun así, este maravilloso pueblo es capaz de practicar y reflejar el valor de disfrutar de la vida a cada momento, de cultivar la paciencia y la buena predisposición. Ese es el secreto espiritual más invaluable.

Compartir.

dejá un comentario