DESCUBRIENDO COLOMBIA

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Descubriendo Colombia

Diario de viaje por Colombia

TEXTO: Karina Pontoriero

¿Por qué Colombia?, me preguntaron cuando conté que ya tenía pasajes para mi nueva aventura. No había elaborado una respuesta. La realidad es que había visto una foto de Taganga que me atrajo como un imán. Una foto que se cruzó casi mágicamente en mi vida marcó mi destino. Ese viaje se convirtió en un desafío para mí: viajar fuera del país, por primera vez sola, a un lugar con una fuerte connotación. Cuando uno dice Colombia, el otro automáticamente piensa “zona peligrosa”. Yo pensé en una foto. Y en el Caribe. Y en las calles angostas y coloridas. Por suerte, Colombia tuvo muchísimo más para ofrecerme.

Aterricé en Bogotá un lluvioso Viernes Santo. Ese mismo día conocí el centro histórico de la ciudad y me sorprendió la cantidad de gente esperando que se abrieran las puertas de la Catedral, frente a la plaza Bolívar. En la ciudad hay muchas cosas por conocer: su circuito gastronómico; el cerro Montserrate (al que se puede subir a pie, en teleférico o funicular) que ofrece una increíble vista panorámica, el Museo del Oro y, la visita obligada, Zipaquirá, localidad histórica donde está la Catedral de sal construida a 190 metros de profundidad. El pueblo colombiano es un pueblo muy alegre (por las calles se escucha música continuamente) y atento (a cada “gracias” que salía de mi boca, respondían con un “con mucho gusto”).

De Bogotá a Salento y su Valle de Cocora, un paseo especial para los amantes de la aventura. Tras días de intensas lluvias, el camino del valle era intransitable y en pocos pasos el barro llegó hasta mis rodillas. Ya cerca de la salida, un baqueano me dijo: “Disfrute del barro, es parte del paseo”. Haberlo sabido antes, pensé.

El viaje continuó en Medellín, mi ciudad favorita de Colombia. Se recorre fácil y rápido gracias al metro. En un par de días se pueden visitar la plazoleta de las Esculturas (con obras donadas por Fernando Botero), el Museo de Antioquia, el Palacio de la Cultura Rafael Uribe, el hermoso Jardín Botánico y el imperdible Pueblito Paisa, una réplica de los antiguos pueblos, con la casa del cura, la cantina, la barbería y más.

Después de tanta lluvia me recibió el sol en Cartagena de Indias. No hay palabras que describan con justicia la belleza de la ciudad vieja. Sus majestuosas murallas, sus coloridas galerías, la simpatía y calidez de su gente que a toda hora invita a “rumbear”, sus atardeceres en el Café del mar, sus puestos con frutas frescas. Cartagena seduce e invita a recorrer sus calles, visitar sus antiguas iglesias y conocer su historia a través de museos como el Naval o el Palacio de la Inquisición.

Hay que continuar: un barco hasta Playa Blanca en Isla Barú para contemplar los distintos tonos de su mar, que varían entre azules, turquesas y verdes. Para el final, el broche de oro: el Parque Tayrona, un lugar que podría definirse como “catálogo de playas”. Sólo se puede ir a pie o a caballo, atravesando de a ratos un bosque, de a ratos un desierto, esquivando insectos desconocidos, cruzando miradas con un mono o un águila que reposa frente al mar. Después de una hora de caminata empieza a escucharse el ruido del mar, el encuentro es mágico. Ya me habían advertido que debía seguir caminando, que a medida que me alejaba todo era diferente. Y así fue. Quince minutos después: Arrecifes, playa con agua celeste y turbulenta. Subí por unas rocas hasta encontrarme con otra playa: arena más finita, agua verde y calma: La Piscina. A medida que me internaba en el parque, me desconectaba de la civilización y me involucraba más con lo natural. Una experiencia única. Por cuestiones de tiempos sólo pude conocer cuatro playas de las ocho o nueve posibles. Dicen que siempre hay que dejar algo por conocer así tenemos un motivo para volver. Y yo quiero volver.

Por Karina Pontoriero

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