TAILANDIA, EL PAÍS DE LA SONRISA

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Tailandia, el país de la sonrisa

 Paisajes diversos, una cultura fascinante y una perfecta combinación entre aventura y relax es la síntesis de este maravilloso viaje

Texto: Mariana Soulages

La capital de Tailandia me recibió con su calor abrasador y su locura desfachatada. Bangkok es una mezcla de tránsito caótico, oferta de masajes por doquier, vendedores siempre dispuestos al juego del regateo, coloridos taxis y túk túk, monjes con mantos anaranjados, puestos de comida ambulantes, marañas de cables y, sobre todo, gente sonriente. “Sawasdee ka –hola, en tailandés- , welcome to Thailand”.

 Los tailandeses son muy amables, pero bastante pícaros. A la pesca del turista desprevenido practican los más ingeniosos engaños y timos en busca de ganarse unos baths. Pero más allá de eso, este país se deja recorrer con total seguridad y produce asombro a cada paso.

En Bangkok di un paseo en barco por el río Chao Phraya, que surca la ciudad, y visité el predio del Gran Palacio, donde templos y edificios oficiales se conjugan en un estallido de color. Fui al barrio de Chinatwon y al Wat Pho, un templo que alberga al Buda recostado más grande de Tailandia con sus 46 metros de largo recubiertos en oro.

La religión es un capítulo aparte. El budismo es profesado por el 95% de la población e inunda cada aspecto de la vida thai. Como turista es fundamental respetarla y guardar la etiqueta obligatoria al entrar a un templo: cubrirse hombros y piernas, descalzarse y sentarse evitando que los pies apunten a la imagen de Buda. Es considerado una ofensa que se toque o se señale a algo o a alguien con la parte más sucia y baja del cuerpo.

Unos días después, partí en tren hacia el norte del país. Mi primera parada fue Ayutthaya, la antigua capital, donde visité un sinfín de ruinas, templos increíbles, y conocí budas de todo tipo de materiales, colores, formas y posiciones.

Luego seguí viaje hasta Chiang Mai, una hermosa ciudad salpicada de templos casi en cada esquina y donde, más relajada, pude aprovechar para hacer compras. Desde allí realicé una excursión de dos días en la selva que incluía un paseo en elefante, rafting en balsa de bambú, hacer trecking por la montaña y dormir en un refugio a la merced de los extraños ruidos de la lluviosa y cerrada noche de la jungla. También conocí a algunas integrantes de la tribu Karen, una de las seis que habitan Tailandia.

Ya saciado mi espíritu aventurero, partí en un vuelo hacia las playas del sur, sobre la costa del Mar de Andamán, donde creí sentirme metida dentro de una postal. Haciendo base en Railay, una playa perfecta para mieleros, visité las costas de Phi Phi Island, Bamboo Island y Maya Bay (el espectacular escenario de la película La Playa con Leonardo Di Caprio). Imposible no experimentar paz.

El último de mis destinos, antes de volver a Bangkok y poner fin a mi viaje, fue la paradisíaca isla de Ko Samui en el Golfo de Tailandia. Una mezcla perfecta entre playas hermosas y vida nocturna.

Quince días después, volví a mi punto de partida para dejar Tailandia, este país maravilloso que me ofreció paisajes diversos, me empapó en su cultura fascinante y me llevó desde la aventura al completo relax. Eso sí, siempre con una sonrisa.

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