UN LUGAR PARA VIVIR EN TODO SU ESPLENDOR

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Un lugar para vivir la naturaleza en todo su esplendor

Te invitamos a descubrir en primera persona el Parque Nacional de Los Alerces ¡Un destino imperdible!

Texto y fotos: Ezequiel López · librosdeviaje.com.ar

El día está nublado, hace un poco de frío y una fina garúa se empeña en mojar todo lo que está a la intemperie. Sin embargo, me calzo los waders, el chaleco de pesca y mi viejo sombrero y me subo a un kayak para intentar atrapar alguna trucha con mis moscas. En realidad es la excusa para salir a remar al río Arrayanes, encajonado dentro del bosque del Parque Nacional Los Alerces, con sus aguas cristalinas de un intenso color verde azulado y un silencio interrumpido ocasionalmente por algún remolino producido por los remos. Antes de partir tomo un sorbo de agua, un ritual que hago cada vez que me acerco a un río o lago patagónico para saludar a la naturaleza.

Remonto el cauce contra la corriente en dirección al lago Verde haciendo un tiro aquí y allá para probar suerte. Navego junto a la orilla muy cerca de los troncos rojizos de los arrayanes que mojan sus raíces en el agua y por debajo de la copa de grandes alerces, ñires y cipreses. De pronto veo a un Martín Pescador que se posa en una rama a escasa distancia de mi bote. Nos separan solamente un par de metros y ambos nos quedamos inmóviles observándonos. Puedo ver claramente su plumaje azul, su pecho naranja y su enorme pico negro mientras él me estudia de igual modo. Se zambulle, engulle una pequeña trucha y desaparece dentro del follaje.

Cerca de allí, la pasarela que conecta con el lago Menéndez está desierta. Los turistas le huyen a la lluvia pero los aventureros disfrutamos estos días para estar en contacto directo con la naturaleza. El lago Verde se abre detrás de dos enormes juncales. Una nutria cruza el río sin preocuparse por mi presencia mientras que una pareja de macás festeja sus capturas en medio de este espejo verde esmeralda. Me arrimo al viejo muelle de madera del camping agreste para estirar las piernas y tomar algunas fotografías desde la altura de sus palos. El lugar tiene un atractivo especial, con paredes escarpadas de roca que caen a filo contra el lago y playas de pedregullo rodeadas de bosques de arrayanes.

Un golpe de remos pone proa hacia la desembocadura y esta vez me dejo llevar por la corriente que permite ver con claridad el lecho del río con grandes rocas, troncos hundidos y alguna trucha esquiva que no quiso atrapar mis moscas. Enseguida alcanzo el pequeño muelle del camping Río Arrayanes y desembarco en busca de un plato de comida bien caliente. En la proveeduría me encuentro con mi familia acodada sobre el mostrador de nuestro amigo “Fito”, quien nos invita a hacer “Glamping” a sabiendas de que esta noche seguirá lloviendo.

Esta novedosa forma de acampar es ideal para quienes gustan de estar inmersos en el bosque pero con más comodidades que una carpa. Consiste en alojarse en un Domo entre los árboles, con piso de madera que permite andar descalzos, calefacción por salamandra con un exquisito aroma a leños quemados, una agradable cama con sábanas y frazadas, algo que hace varios días extrañamos y las gotas de lluvia golpeando rítmicamente sobre la lona. Y como en la Patagonia el tiempo cambia bruscamente, a media noche la lluvia se detiene y disfrutamos de un cielo estrellado a través de las ventanas circulares del techo.

Al día siguiente nos despertamos con un abundante desayuno incluido en el “Glamping”, que nos llena de energía para hacer un trekking hasta el lago Menéndez. Un sendero por debajo de la copa de los árboles desemboca en un gastado molinete que da inicio al puente colgante de ochenta metros de largo sobre el río Arrayanes. El vértigo producido por el bamboleo de su estructura apura el paso hacia el otro lado para seguir por un camino al borde del caudaloso río Menéndez hasta Puerto Chucao, desde donde despedimos al catamarán que sale de excursión hacia el alerzal. Es mediodía y la caminata abre el apetito. Frente a un claro con una fantástica vista al glaciar Torrecillas, encontramos un buen tronco para sentarnos a comer unos sandwiches rodeados de plantas de frambuesas silvestres que a la hora del postre, pintan nuestras bocas y manos de un intenso color rojizo.

A la vuelta hacemos dedo hasta nuestra camioneta y partimos a recorrer el gran lago Futalaufquen, quizás uno de los más bellos de todo el parque. Tiene la forma de una “Y” invertida. Su brazo oeste se une a través del Estrecho de los Monstruos al lago Kruger, accesible solamente a pie o en embarcación manteniéndose alejado de las multitudes. Es el lugar ideal para instalarse a descansar unos días en la hostería o el camping al borde del río Frey a disfrutar de la naturaleza virgen, los paseos por el bosque y la presencia de todo tipo de aves silbando entre los árboles.

En cambio a medida que se avanza junto al brazo este del Futalaufquen, se pueden encontrar muchos rincones en altura con estupendas vistas al lago, playas de piedras entibiadas por el sol y a resguardo de los vientos y cascadas ideales para saborear un buen trago de agua pura y refrescante. Es toda una aventura explorar alguno de estos arroyuelos a través del bosque para terminar en una playa virgen y ver saltar a las truchas dándose un festín con el alimento que arrastra la corriente. El final del camino tiene recompensa. Villa Futalaufquen nos recibe espléndida con sus auténticas despensas patagónicas, jardines rebosantes de flores, sus calles arboladas y el “plac plac” de las bandurrias festejando debajo de un alerce.

MÁS INFORMACIÓN
· sobre Glamping en el río Arrayanes:
www.rioarrayanes.com
FB/RioArrayanes
· sobre los libros del autor:
www.librosdeviaje.com.ar
FB/librosdeviajefan

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