A ROMA CON AMOR

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A Roma con Amor

Roma me recibió con frío, pero con sol. La crudeza del invierno europeo no se manifestó tan virulenta este enero y pude disfrutar sin problemas de mi primera visita a la grandiosa capital de Italia.

 TEXTO: Mariana Soulages     FOTOS: Estudio NN

Llegué a la cuna de la civilización occidental, un miércoles, día de audiencia papal en el Vaticano. Allá fui entonces con una amiga argentina bien tempranito para ver al Papa Francisco -nuestro

Jorge Mario Bergoglio- con muchas expectativas y sin saber demasiado sobre qué nos deparaba esa visita. A las 8 de la mañana atravesamos la imponente Columnata de Bernini e ingresamos a Piaza San Pietro. Fue muy emocionante estar en ese lugar tan significativo para los católicos y, además, sentadas a pocos metros del Sumo Pontífice, que al terminar la ceremonia se acercó a saludar a quienes habíamos ido a verlo. Era increíble ver las reacciones que en cada persona generaba este “Papa de la gente”: llanto, emoción, felicidad, paz, fervor, esperanza. Cuando llegó mi turno, me miró con dulzura y me agarró la mano mientras me sonreía. Fue un instante eterno en el que yo, que trabajo con las palabras, empecé a balbucear sin saber bien lo que decía. Un momento mágico.

Al terminar la audiencia, ingresamos a la Basílica de San Pedro a través de la Puerta Santa. Esta puerta sólo se abre ocasionalmente: la última vez había sido en el año 2000, durante el Jubileo que impulsó Juan Pablo II, y el pasado diciembre. Francisco realizó su nueva apertura para dar inicio al Jubileo de la Misericordia. Se dice que quien la atraviesa obtiene el perdón general de sus pecados, así se podría decir que he vuelto casi santificada de mi estadía en Roma.

Un capítulo aparte merecen los Museos Vaticanos. El arte en toda su expresión te desborda los sentidos. Hay muchas cosas interesantes para apreciar si se va con tiempo y ganas de saber sobre el tema, pero entre los imperdibles están las Estancias de Rafael, donde se pueden apreciar los frescos más famosos de este pintor, como la Escuela de Atenas. Y al final del recorrido, la Capilla Sixtina, con su bóveda cubierta por la obra pictórica de Miguel Ángel. Es realmente fascinante como este artista logró la tridimensionalidad a través de la pintura y el grado de detalle en las expresiones.

Al día siguiente fuimos a recorrer el Castello de Sant’Angelo. El edificio tuvo un uso militar y, desde 1277, está conectado con la Ciudad del Vaticano por un corredor fortificado, llamado Passetto, de unos 800 metros de longitud. Fue el refugio del Papa Clemente VII durante el asedio y saqueo de Roma que llevaron a cabo las tropas del rey Carlos I de España, Emperador del Sacro Imperio Romano en el año 1527.Está situado en la orilla derecha del Tíber, por lo que desde su terraza en el piso superior se puede obtener una magnífica vista de la ciudad que incluye la ribera del río y la cúpula de San Pedro.

De allí volvimos caminando por las calles y pasajes que en cada esquina nos revelaban una postal digna de un cuadro, mientras disfrutábamos de “Ildolcefarniente” (o ‘lo dulce de no hacer nada’), al mejor estilo italiano.

Debo decir que cuando uno conoce Italia, claramente entiende de dónde venimos los argentinos y el porqué de nuestras costumbres y hábitos. El volumen elevado y la gesticulación corporal al hablar, el desorden del tránsito y los atropellos peatonales en los lugares públicos son algunas de las herencias que identifiqué.

Por la tarde fuimos al Coliseo. Imposible estar ahí y no imaginarse a Russell Crowe vestido de gladiador y recrear mentalmente esos famosos espectáculos de la época del Imperio. De allí fuimos al Foro Romano, que era el lugar en donde se llevaba a cabo el comercio, los negocios, la prostitución, la religión, la administración de justicia del antiguo Imperio y se situaba el hogar comunal. Caminar entre aquellas ruinas es adentrarse en los orígenes de nuestra historia y de cómo se forjaron nuestras civilizaciones.

Por la noche, cenamos en el barrio del Trastevere (Tras el Tíber): un barrio encantador de calles empedradas, lleno de bolichitos y restaurantes que ofrecen un clima delicioso para terminar la velada con un buen vino. Por una suma aceptable, se pueden conseguir menúes que incluyen una entrada o antipasti, un primer plato, que suele ser pasta o risotto, y un segundo plato que -y acá viene lo extraño- puede ser fiambre u otro plato frío. Los locales, insaciables aún después de la pasta, piden alguna carne con guarnición. Sí, los italianos comen mucho y los hidratos de carbono están a la orden del día.

Difícil para quienes quieran hacer dieta. Pero, debo decir, que en general los tanos son flacos y esbeltos. Mi conclusión es que debe ser por la cantidad de escaleras que tienen que subir y bajar en todos lados: metro, edificios públicos, monumentos y plazas.

Para nuestro tercer día en esta bella ciudad, comenzamos el recorrido en el imponente monumento a Víctor Manuel II, primer rey de la Italia unificada. Desde allí, tomamos la famosa Vía del Corso hasta terminar en la Piazza del Popolo, coronada por las iglesias gemelas y por un gran obelisco egipcio en el centro. Algunos de nuestros desvíos incluyeron la Vía Condotti, con sus tiendas de alta gama; la Piazza di Spagna, cuyas escalinatas son escenario de famosos desfiles de modas; la Piazza Navona; y el Panteón donde están enterrados los primeros monarcas de Italia y el pintor Rafael.

Nuestra última parada fue la famosa Fontana di Trevi. Cuenta la leyenda tradicional que los visitantes que arrojan una moneda a la fuente aseguran su regreso a Roma y yo, como quiero volver, por las dudas, tiré la mía.

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