PRIMAVERA PATAGÓNICA

Primavera patagónica

Los colores se abren en una palestra única digna de ser retratada con nuestros ojos. allí, al sur de nuestro país, la inmensidad de la nieve da paso a verdes bosques en una época increíble.

Texto y fotos: Ezequiel López

En un territorio tan amplio como la Patagonia, todos deben adaptarse a sus condiciones. Desde las playas de pedregullo en el descanso de las montañas de la Cordillera de los Andes y desde el río Colorado hasta la Tierra del Fuego, la primavera se va manifestando con distintas expresiones, más adaptadas al clima imperante que a un estricto calendario de bolsillo.

En la Patagonia, la primavera le hace poco caso al almanaque. Más bien se manifiesta según su estado de ánimo y sus ganas de desperezarse al sol luego de invernar aletargada bajo la nieve fresca en los cortos días del invierno. Cuando el aire empieza a calentarse y la tierra se humedece con las gotas del deshielo, la magia empieza a florecer por todos lados. Ya en los días previos se pueden ver aquí y allá sutiles pisadas de animales en la nieve que sienten la inminencia de un gran cambio de ánimo.

Dentro del bosque, los sonidos repercuten en la copa de los árboles. Son las aves que encuentran semillas maduras e intentan abrirlas a los golpes contra la madera dura del alerce. La humedad ablanda la corteza de los troncos y facilita la tarea a los pájaros carpintero para sacar a los insectos de sus escondrijos. En el suelo, las huellas de las liebres se mezclan con aquellas de los zorros y por las noches, en las laderas de los cerros, se ve el resplandor de los ojos de los ciervos iluminados por el paso de los autos.

Las chimeneas de las casas dispersas en el campo siguen humeando el calor del pan recién horneado, mientras los canteros comienzan a colmarse de flores de todos los colores. Sí, aquí en la Patagonia, aunque breve, la primavera se manifiesta vestida de gala. Entre las espigas de la hierba de la veranada, se entremezclan largas flores de
lupinos. Rojos, blancos, violetas, amarillos y otras tantas tonalidades van floreciendo de norte a sur al progreso de las temperaturas más benignas.

El balar de las ovejas nos advierte que anda cerca la majada. A un lado del galpón de esquila y cerca del arroyo que bordea la estancia, las aljabas atraen a cientos de colibríes con el néctar dulce de sus flores colgantes. Son pequeñas cápsulas con cuatro sépalas de color rojo intenso, pétalos púrpura en el centro y ocho estambres largos y violáceos que sobresalen de la planta atrayendo a pájaros e insectos. A campo abierto, cuando sopla algo de viento, las flores lila de los cardos sueltan miles de plumerillos que vuelan por el aire esparciendo su nueva simiente. Cuando brillan al sol, se parece a una nevada con sus grandes copos flotando hacia el horizonte. A pesar de las espinas, las flores son tan atractivas que atraen a centenares de abejas y abejorros.

Más abajo, en la provincia de Santa Cruz, se encuentra el lago Argentino, alimentado desde los campos de hielo por algunos de los glaciares más grandes del mundo. El Perito Moreno tiene un frente de cinco kilómetros de largo. Su constante andar lo hace tocar tierra firme luego de navegar por las heladas aguas cristalinas, provocando el bloqueo del brazo Rico. La inundación termina con la famosa ruptura del glaciar y el drenaje de las aguas deja un lecho fértil de sedimentos que son nutrientes para el crecimiento de un enorme campo de margaritas. Allí una manada de caballos salvajes se alimenta libremente con un marco imponente de montañas a su espalda.

Es momento de activar las huertas. Los invernaderos ya tienen los surcos rebosantes de verdura fresca para los paisanos y en su interior se respiran los aromas de sus hojas y sus flores que producen la nueva camada de semillas. Los frutales muestran todo su esplendor. Cerezos, manzanos, ciruelos, grosellas, guindos, corintos, frambuesas, moras, peras y saucos entregan sus frutos para la confección de dulces y conservas que abastecerán las despensas de la estancia durante todo el invierno. Sus texturas, aromas y sabores hacen las delicias de quienes tienen la oportunidad de comer la fruta directamente de los árboles. Las frutillas silvestres se dejan ver en los claros y son tan sabrosas que volvemos con la cara teñida de rojo.

Los sonidos también se intensifican en torno a las montañas. Después de varios meses guardados junto a los leños de la chimenea, todos salen a calentarse bajo el sol del mediodía. Los animales también aprovechan la primavera para desperezarse y salir a disfrutar de un clima más benigno que pronto volverá a mostrar su temperamento. Los patos y gallinas husmean la hierba entre conejos y liebres patagónicas dejando los jardines frente a las casas como si fueran mullidos colchones de pasto. Los perros y los gatos se dan el gusto de correr por todo el campo entre caballos, vacas y ovejas que pastan en potreros colmados de alfalfas.

Los días se alargan y cuanto más nos acercamos hacia el fin del continente, el sol pretende quedarse a pasar la noche con nosotros. Finalmente, el atardecer lo hará declinar por detrás de las montañas iluminando el cielo con los mismos colores que admiramos en la tierra. El polvo de los caminos de ripio se filtra entre los árboles en las últimas horas del día. Marcando las sendas que se internan en el bosque crecen flores de mutisias, reina mora y amancay junto a helechos que se esconden de la luz a los pies de arbustos de calafate. Dicen por ahí que aquel que prueba el fruto de esta planta volverá a la Patagonia a disfrutar de sus bondades. Hay que hacerlo para comprobarlo. Lo que sí puedo asegurar es que son muy ricos…

Más información

Ezequiel Lopez es escritor, fotógrafo y publicista. Recorre la Patagonia desde hace más de 30 años en busca de historias e imágenes para retratar instantes que nunca se volverán a repetir. Lleva escrito 12 libros, cientos de notas y varias muestras fotográficas, conocelas en www.librosdeviaje.com.ar.

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