ISLA DEL GRAN ROQUE: UN SECRETO COMPARTIDO

 Isla del Gran Roque: Un secreto compartido

La aventura en este viaje: recorrer la isla a pie, conocer playas vírgenes y disfrutar plenamente del mar, la arena y la vegetación.

 Texto:  Andie Pignanelli

El destino que vas a conocer en las siguientes líneas es casi un secreto. Sí, secreto porque es de esos lugares en el mundo que son mágicos, perfectos y que pocos lo saben. Este lugar tiene un encanto especial, no está invadido por hoteles lujosos de cadenas internacionales, ni por limusinas, ni shoppings. Aquí está, a punto de develarse un lugar valioso para los que puedan apreciar la grandiosidad de este archipiélago escondido en el Caribe.

Llegué a La Isla del Gran Roque en una avioneta para ocho personas, en un vuelo que honestamente parecía aterrador cuando comenzó. Pero, atravesando las nubes sobre el mar en ese pequeño jet privado, pude vislumbrar cómo el azul del mar se transformaba en verde y turquesa, y pude olvidarme por completo de mis prejuicios y entender que el viaje tenía que ver con dejar atrás lo conocido para descubrir un rincón nuevo para mí en este mundo. Y para eso, ¡hay que tener coraje!

En el aeropuerto -que en realidad es una pequeña pista de aterrizaje con una barrera para entrar y salir de la isla- me esperaba ´Chicho´, el muchacho de la Posada en la que me hospedé. “¿Esperabas un taxi, un shuttle?”, dijo sonriente, “Eso no existe en esta isla venezolana: aquí no hay autos”.

La isla tiene calles sin asfaltar y no lleva más de media hora recorrer el pueblo caminando. Mayormente lleno de Posadas, está habitada por una gran comunidad de italianos, marineros y capitanes, que llegaron con su embarcación y jamás se fueron. Son los dueños de la mayoría de las posadas y reciben en sus hogares a parejas y familias turistas.

La presencia italiana no es un detalle menor, porque hacen que el ambiente sea cálido y familiar, cuidando a sus huéspedes y disfrutando de las reuniones y mesas compartidas de distintas nacionalidades. Eso, de alguna manera, logra hacer sentir bienvenido a cualquier turista.

Francisquí es la playa más próxima al Gran Roque y, generalmente, es la isla a la que llevan a los viajeros en el primer día de su estadía.

Mientras la lancha se acercaba a la orilla me sorprendí con la enorme cantidad de barcos privados que estaban amarrados allí. Enseguida supe que pertenecía a turistas que llegan a Los Roques y se hospedan en sus propios camarotes. Y es que Francisquí es bellísima, como una pileta de agua tibia, donde el mar llega a las rodillas y se puede caminar en el agua viendo caracoles de mar enormes.

Como allí no hay olas opté por llevar mi reposera al medio del mar y leer un rato, mientras me conectaba con este nuevo lugar.

Alrededor de Gran Roque, que no tiene playa, hay más de veinte pequeñas islas por conocer: algunas son cayos; otras, simplemente bancos de arena en medio del mar. La más cercana está a unos cinco minutos en lancha, mientras que la más lejana a una media hora.

Cada posada ofrece un capitán para realizar las excursiones y depende de la playa que se quiera conocer si el barco espera o vuelve más tarde.

En esas playas no hay nadie, pero hay tanto a la vez: cangrejos blancos como la arena, pájaros, lagartijas y hasta estrellas de mar junto a pececitos de colores en un agua ultra cristalina.

Claro que también hay pequeñas islas habitadas y que tienen paradores para comer o tomar algo. En un restaurante en la playa elegí mi propia langosta, recién pescada, para comerla un rato más tarde con arroz y ensalada.

La realidad es que son tantas las playas por conocer que se sugiere realizar tours para visitar más de una isla por día. En algunas, sólo paré para hacer snorkel por sus increíbles corales y arrecifes, mientras que en otras me limité a caminar para disfrutar del paisaje en esa arena infinitamente blanca.

Pero aquí, los días se resuelven así: sombrilla, reposeras, cava (una heladerita para llevar a la playa con provisiones suficientes para almorzar, que ofrecen Las Posadas como media pensión), protector solar, snorkel y muchas ganas de disfrutar y descansar.

Las vacaciones van sucediendo naturalmente de isla en isla, conociendo playas y aprendiendo a escuchar los silencios sabios del mar. Es un destino del que uno se enamora, por la armonía de su paisaje, por la serenidad con la que van pasando las horas bajo el sol, por lo cómodo que uno llega a sentirse en medio de la nada misma, lejos de la ciudad, de la tecnología, de las corridas.

Y sobre la comida, en la misma Isla del Gran Roque, hay un pequeño puesto frente al muelle que vende unas Arepas -comida típica venezolana- deliciosas. Es una parada obligada para la vuelta de la playa. Buen sabor y amabilidad de su cocinera. A decir verdad, todos los venezolanos que conocí en esta isla fueron muy atentos y cálidos. Ellos viven sin estrés, rodeados de mar, y conocen personas alegres con historias nuevas todo el tiempo.

Así viven y quizás por eso son especiales, porque conviven con la grandiosidad de este secreto.

 

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