TUVE QUE REFUNDARME Y DEJAR ATRÁS MUCHOS PREJUICIOS

“Me tuve que refundar y dejar atrás muchos prejuicios”

Lleva el arte en los genes, pero construyó una sólida carrera en teatro y televisión sin arrastrar el mote de “ser la hija de”. En una cálida entrevista con DELUXE Magazine, habla sin tapujos de su carrera, sus cambios, sus duelos y su vínculo indisoluble con el tango.

Texto: Karina Pontoriero     Fotos: Irupé Tentorio y Madretierra Evans

Soy hipertímida y muy introvertida”, dice Muriel Santa Ana, pero
lejos de responder con monosílabos se explaya con entusiasmo. Como buena lectora, su lenguaje es exquisito. Busca la palabra precisa, la encuentra, le da sentido, la refuerza, la actúa. Actriz de las buenas. Un talento que tal vez haya heredado – su padre fue el brillante actor Walter Santa Anta-, pero que ella misma se erigió a base de estudio, trabajo y constancia. Durante muchos años, en el teatro, fue la mujer sin nombre. “Era la inmigrante polaca, la mujer del vestido rojo, la mujer de la corte, la niñera de no sé qué”, recuerda. Pero eso cambió: se llamó Magdalena en “La casa de Bernarda Alba”; Grace en “La Lola”; Lucía en “Ciega a citas”; la Polaca en “Solamente Vos”; Reina en “Guapas”; y Mari en “Un cuento chino”. “Yo siento que, cuando actúo, siempre hablo de lo mismo, pero nadie lo sabe, ni mi analista. Es mi secreto. Haga el personaje que haga, hay algo que a mí me interesa contar mientras actúo, es una visión del mundo, es mi mirada”, revela, y se entrega a la charla.

¿Cómo convive tu timidez con la exposición que significa ser actriz?

La fama no le pertenece estrictamente a mi trabajo, no forma parte de lo que yo tengo que hacer. Por mis características, que no soy muy sociable, sufro esa situación, trato de manejarlo y no siempre me sale bien. Prefiero tomarme 5 minutos con quien me saluda y pedirle que por favor no me saque fotos, porque salgo mal, porque no me gusta que las suban a cualquier lado, porque tengo mi
coquetería. Prefiero hablar con la gente antes que sacarme una foto. Cuando me esperan a la salida del teatro para charlar, soy feliz.

¿Alguna vez te preguntaste como hubiera sido tu vida si tus padres, en lugar de ser artistas, hubieran sido contadores o abogados?

¡Qué suerte que no fueron contadores o abogados, que no tienen un imperio, que no fundaron un banco! Yo me mato, me tengo que ir al Tibet y recrearme. Mis padres fueron personas extraordinarias, dos intensos que le dieron batalla a capa y espada a la vida. Súper trabajadores de su deseo, nadie los movió de lo que querían ser. Cero resentidos, con muchísimo sentido del humor. Mis papás se separaron cuando yo era chica, pero pasábamos las fiestas todos juntos y nos moríamos de la risa. Se tiraban sus dardillos con una altura.

¿Cómo fue la experiencia de compartir escenario con tu padre?

Cuando tenía unos 20 años me pegó muy fuerte (Jorge Luis) Borges, que me vino al dedillo porque yo me sentía un Hamlet, una joven incomprendida, que no encajaba…la melancolía total. Mi papá me dijo que hiciera una selección de la obra poética de Borges y que se la lleve para ver si armábamos algo. A partir de esa selección hicimos un espectáculo, un recital de Borges; a él solían invitarlo de varias provincias y cuando lo llamaron dijo que tenía un espectáculo con su hija, así que viajamos. Trabajamos también en “Aquellos gauchos judíos”, donde yo tenía un personaje chiquito que se llamaba “inmigrante polaca”, y en “La ópera de los tres centavos”. Él no iba a trabajar en esa obra, pero Pepe Soriano no pudo participar y un día apareció él, sin avisarme. “Gracias por recomendarme”, me dice. Solía hacer ese tipo de cosas.

¿Era una presión extra trabajar con él?

No, yo estaba recién empezando, muy a la sombra. No sólo era mi padre, era también un gran actor. Mi viejo aprovechaba para que yo lo ayudara con cosas, me usaba de hija. Fue hermoso ver su trato con los demás actores, cómo se divertían, cómo lo querían. Fue muy lindo haberlo visto arriba del escenario y también haberlo compartido.

¿Qué descubriste de nuevo al tenerlo como un par?

(Se le ilumina la mirada, duda en la respuesta) Te iba a decir que de diferente, nada. Mi papá era actor las 24 horas del día, era más actor que padre, más actor que cualquier otra cosa. Era un tipo entregado al terreno de la actuación, él estaba ahí, llevaba una vida poética. Entonces, no es que sufría una transformación al llegar al teatro. Pero lo que me hiciste pensar es que yo nunca tuve escenas con él, no de igual a igual, porque yo hacía mis primeros pasos. Yo estaba por ahí atrás. Nuestra escena era la vida misma.

Una pasión: el tango

¿Cuál es tu vínculo con el tango?

Mi padre era un tanguero absoluto y siempre le gustó cantar; toda su familia también era tanguera y mi madre bailaba de jovencita. En casa se escuchaba mucho, íbamos a ver orquestas. A mí siempre me gustó bailar. Estudié de todo, jazz, clásico, flamenco, tango. El flamenco y el tango me retuvieron muchos años, allí es todo muy dramático, muy intenso. Empecé a estudiar, entré en una especie de frenesí y durante dos años fui a la milonga de lunes a lunes. Trabajaba en una oficina e iba sin dormir, en estado catatónico, pero feliz. La milonga es el mundo de la noche y la noche, te lo dicen los milongueros, empieza a las 3 de la mañana. Hoy voy a las 11 de la noche y no hay nadie. Bailo con alguno y a la una o dos de la mañana me vuelvo. Ya no tengo aquel tiro.

¿Qué es lo que te atrajo?

Hay algo muy hermoso en el tango, de mucha entrega, porque vos estás cuerpo a cuerpo con un desconocido. En la milonga, todo lo que circula como lugar común, ahí adentro se suspende. Una vez llegué a la milonga y le pregunté a un milonguero viejo que estaba en la barra “¿Cómo andás?”, y me respondió: “Acá, bien”. Esa es la síntesis. Es otro universo, porque la gente está ahí porque quiere y ¡para bailar! Esperás que te saque a bailar un desconocido, te abrazás y bailás. No siempre sale bien, hay que ver esos cuerpos cómo dialogan, y si hay química es lo máximo. Es como una adicción que te impulsa a buscar, continuamente, que pase eso. Me pasó alguna vez de no estar cómoda con alguien y cuando termina el tango me dice: “Dale, nena. El tango dura tres minutos, abrazame como si me quisieras por tres minutos”. No soy de dejar plantado a un señor en la pista, pero varios me han dicho: “Si los hombres podemos elegir, ¿por qué ustedes no van a poder elegir? Vos no tenés que bailar si no querés”.

Y eso de no poder decir que no o de rechazar algo con lo que no estás cómoda, ¿te pasa en otros ámbitos de la vida?

Cada vez menos. Que haya una concordancia entre lo que pienso, lo que siento, lo que hago, es una búsqueda. Es una cuerda que a veces me tira más para un lado o más para otro. Ese es como mi faro. Me pregunto profundamente si quiero hacer algo y trato de no dejarme arrastrar por un sistema que viene como medio dado. He tomado decisiones que fueron interpretadas como locuras, llorando, sufriendo, porque no es fácil decir que no, más siendo actriz, porque estamos diseñados para decir que sí, porque todo el tiempo tenemos miedos, pensamos que son momentos o que habrá que lidiar con un teléfono que no suena.

Cambia, todo cambia

¿Cuál fue el cambio que más te marcó en tu carrera? ¿Esa decisión que significó atravesar un sufrimiento para que luego salieras fortalecida?

Hace dos o tres años empezó un proceso que ya dejé atrás, a partir de los primeros dolores fuertes que sufrí con la partida de mis padres. Primero se murió mi mamá y a los 6 meses mi papá, de forma inesperada. Ninguna de los dos estaba para morirse y se murieron. Al poco tiempo me separé del que era mi marido. En menos de un año me pasaron cosas muy tristes y estuve durante muchos años sólo habitada por tristeza. Realmente no había lugar para otra cosa que no fuera esta tristeza que sentía, porque no podía ver otra cosa. Ahora hay lugar para otra vida, pero esas pérdidas me dejaron colocada en una situación: yo me tuve que refundar. Dejé atrás muchas rigideces, muchos prejuicios, muchas ideas preconcebidas que ya no me sirven, que me servían en ese momento. Estoy todavía en ese proceso. Estoy más afirmada en saber y aceptar que todo cambia. Ojo, no es ninguna epopeya la que estoy contando porque hay gente que lo pasa mucho peor que yo.

¿Hasta ese momento no creías en el cambio?

Yo era muy inocente y perdí la inocencia. La perdí de grande, pero a partir de ese momento empecé a ver mucho más sufrimiento alrededor mío, muchas personas cercanas enfermas, parejas que no podés creer que se separen. Empecé a ser consciente de cosas que antes no pasaban o no veía en mi vida. Hoy siento que soy una mujer más feliz que antes porque estoy más conectada con todo. Sé lo que es grave o serio, todo lo demás no es tan grave. Por eso, a veces, tomo una decisión y estoy mal, pero después me digo: “Ya veré”. Estoy en los finales de esos duelos y me siento mucho más fortalecida. Si pude aguantar un montón de cosas, ya no lo tengo tanto miedo al miedo.

Al paso del tiempo, ¿tampoco?

No, lo bueno del tiempo es que pasa. ¡Imaginate si el tiempo quedara detenido! Sería todo aburridísimo. Por eso soy actriz también, porque todos los días son distintos.

¿En el teatro también todos los días son distintos?

Sí. Yo soy distinta. Es un presente. Es un aquí y ahora. Ayer no existe y mañana tampoco. Nunca se está más vivo que en ese momento. Me gustaría estar siempre ahí, con esa intensidad.

¿El teatro es tu lugar en el mundo?

El teatro crea nuevas sensibilidades, crea realidad. Estás sentado, charlando, se apagan las luces, aparecen los actores y empiezan a pasar cosas donde antes no había nada. Si es bueno te vas con algo y si es malo, también.

Participaste en “Teatro por la Identidad” y también te comprometiste con la difusión de “Ni una menos”, ¿creés que los actores cumplen un rol social?

Creo que la responsabilidad de ser actor es crear sentido. El compromiso está con eso: donde parece que no hay nada, de golpe se produce un acontecimiento. Yo creo en la autonomía de las expresiones artísticas, hablan de sí mismas y por sí mismas, no creo que deban estar al servicio de otras causas. Pero sí pueden llegar a concientizar o tener más llegada, eso es una consecuencia. Sirve para que el tema esté. Pero no, el teatro no es subsidiario de causas.

Del capitalismo y la búsqueda del sentido

Hace poco dijiste en otra entrevista que ser actriz es un privilegio en este mundo horrible, ¿qué es lo horrible del mundo?

Sigo pensando lo mismo. ¿Cómo no hablar del capitalismo? ¿Cómo no reducir todo a la fuerza que uno siente que te lleva o empuja hacia lo establecido, lo que corresponde, lo que está al alcance de la mano? Todo aquello que cause un trabajo, que te lleva a entregarte a un proceso dificultoso, al misterio de las cosas, más bien hay que escapar de ahí; ahora es todo más superficial. Me gusta, no me gusta (sube y baja el pulgar, como en Facebook), y no entrar en las aguas de las profundidades a nada. Entonces, es un mundo donde está devastada la idea de sentido. El sentido está en el tener y no en el ser. Desde ese punto de vista, los territorios del pensamiento, del arte, del amor, ofrecen una resistencia a lo hegemónico, a esos caminos con lo que te encontrás todos los días; querés ir al revés, perdés un brazo. Lo artístico, como es mi caso, o las búsquedas que no se quedan en lo superficial, ofrecen una resistencia enorme a un mundo que hoy quiere que todo sea agradable y te empuja a salir rápido de esas zonas incómodas que te llevan a estar entregado a otras emociones, quizá, angustiantes. Pero bueno, esa es la riqueza que después uno puede ofrecer, sobre todo como actriz. Sino estoy cargada, marcada, investida de experiencias, de pérdidas de alegrías, de amor, de sensualidad, de erotismo, de todo lo que conlleva la vitalidad, no podría ofrecer nada, no transmitiría nada.

¿Y cómo encontrás el disfrute cuando te toca actuar en algo que no te llena?

Tengo que tener una pata que me sostenga; puede ser el elenco, el personaje o incluso el dinero. En general, el dinero no suele darme tranquilidad. Cada vez vivo con menos, no necesito tanta cosa, ni tanta plata.

Muriel y sus palabras

“Mi lugar en el mundo lo construyo yo y me banco.”
“Los cambios no son zonas cómodas, requieren una capacidad de tristeza y de fuerza, tenés que saber entregarte a una tristeza, pero al mismo tiempo te recicla y salís más fortalecida, porque cuando realmente hacés ese cambio, recobras la fuerza y no te para nadie. “
“Si tengo algún talento es el de darme cuenta para qué no sirvo.”

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1 respuesta a TUVE QUE REFUNDARME Y DEJAR ATRÁS MUCHOS PREJUICIOS

  1. Cristina González Prodan 29 septiembre, 2016 at 9:18 pm #

    Excelente reportaje,lograste penetrar en su alma.Te felicito de todo corazón.

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