LA TROCHITA

La Trochita

El sueño de viajar en un tren a vapor de 1922 por la estepa patagónica hasta perderse entre las montañas de la Cordillera de los Andes.

TEXTO Y FOTOS: Ezequiel López

Un armatoste de metal que emana vapor por su chimenea, una caminata junto al tren en movimiento, una salamandra encendida, una pava humeando sobre ella, el mate que recorre el vagón de segunda clase, pasajeros que suben y bajan en medio del trayecto, el viaje sentado en el estribo con el viento patagónico como único compañero. Señoras y señores, bienvenidos a La Máquina del Tiempo, que nos transportará a épocas pasadas para vivir la experiencia de viajar en uno de los últimos trenes a vapor que todavía funcionando en su estado original en todo el mundo.

El Viejo Expreso Patagónico o La Trochita, como gustan llamarla cariñosamente los lugareños, es un tren a vapor que recorre la Patagonia echando humo por su chimenea y llevando historias de vida a cada paso. Sus

90 años poco pesan en las 45 toneladas de sus locomotoras Baldwin y Henschel que se conservan, como cuando salieron de sus fábricas allá por 1922. Sus mecánicos las llenan de vida cada vez que las suben a los caballetes de los Talleres de Reparación General de El Maitén, para hacerles un mantenimiento y reemplazar las piezas de recambio que ellos mismos fabrican y tornean con herramientas de aquella época.

Y se las ve muy saludables resoplando vapor cuando se acercan a los andenes de las estaciones de El Maitén y Esquel, los pueblos desde donde salen los servicios turísticos que recorren cerca de 20 kilómetros de fantásticos paisajes inmersos en la estepa y los valles cordilleranos. Allí es posible acercarse a escuchar el rugido de su caldera, sentir el calor de la caja de fuego, bailar con el vapor que emanan los pistones y divertirse haciendo sonar el silbato. Con el permiso del maquinista, uno puede treparse a la cabina a inspeccionar de cerca todos los instrumentos que hacen rodar a esta fantástica obra de ingeniería. Manivelas, medidores de agua, relojes, cañerías y palancas de comando, están al alcance de la mano y de las cámaras fotográficas que intentan guardar en la retina, las sensaciones que produce aquel momento.

Inmediatamente detrás viaja el tender. Ese gracioso vagoncito negro cargado de agua y fueloil, el combustible que hace levantar temperatura a estas máquinas. Lo siguen los coches de pasajeros, confeccionados en madera oscura, techos de tela, asientos acolchados o de madera según se viaje en primera o segunda clase y la infaltable salamandra, casi siempre encendida, porque en la Patagonia, el clima pocas veces da tregua. En torno a ella se van gestando las historias que alimentan la leyenda en ronda de mate y tortas fritas.

Cuando el tren se pone en marcha, hay varios lugares que no se pueden dejar de visitar. Uno de ellos es la ventanilla más próxima a su asiento. Aunque haga frío, es muy recomendable levantar la guillotina para asomarse en una curva y grabar en una imagen la formación completa de La Trochita. Con un poco de habilidad, también es posible obtener el humo negro saliendo de su chimenea, producto de la limpieza de los tubos de caldera que realiza el foguista. Una vez que pase el guarda a marcar los boletos, hay que darse una vuelta por el vagón comedor a reponer energías con una buena porción de torta casera. La llegada a la estación puede hacerse sentado en el estribo con una vista plena de toda la comarca y el aire fresco alegrando el alma.

Los pueblos instalados en torno a La Trochita tienen un encanto muy especial. Se formaron a medida que avanzaba la construcción del ramal y se establecieron con el correr del tiempo y las necesidades de abastecimiento del trencito que consume 100 litros de agua por kilómetro. Para satisfacer su voracidad, se instalaron tanques de agua y apeaderos cada 40 kilómetros que funcionan como faros en la inmensidad patagónica. Quien pretenda visitarlos deberá hacerlo en camioneta, porque el Viejo Expreso Patagónico ya no recorre los 402 kilómetros de vías. Sin embargo, el poblado más aislado es también el más lindo. Se llama Río Chico (-41.7123, -70.4749) y está junto al Cerro Mesa, una meseta cortada a la perfección en la estepa precordillerana. Es la única estación que difiere del nombre de su pueblo, tomando como identidad a este antiguo cerro. En ese valle se encontraron las mayores dificultades cuando avanzaba el tendido de las vías y se sortearon construyendo el puente de un solo tramo más largo de Sudamérica y el único túnel del ramal. Sin proponérselo, los ingenieros lograron una curiosa marca; que el puente, el túnel y el tramo que une a ambos midan 110 metros de longitud cada uno.

Por eso si te gustan los trenes y sobre todo las antiguas locomotoras a vapor, en la Patagonia es posible subirse a La Máquina del Tiempo y vivir una historia de aventuras y romances a bordo del tren más fantástico del mundo, resoplando vapor por sus entrañas como un tremendo gusano deslizándose entre los valles de la Cordillera de los Andes.

Más Información

Se puede tomar el tren como servicio turístico y visitar los museos en las estaciones de El Maitén (-42.0546; -71.1662) y Esquel (-42.9042, -71.3186). El viaje dura 3 horas y recorre 20 kilómetros. En El Maitén, previo a la salida de cada tren, hay visitas a los Talleres de Reparación General.

Más info en La Trochita web:

www.latrochitaweb.com.ar

www.facebook.com/latrochitaweb

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