BAJO DE SAN ISIDRO

San Isidro. Camino al río

Los árboles cruzan de lado a lado sobre esas callecitas adoquinadas que son el preámbulo de lo que está por venir. Barranca abajo, el tiempo revaloriza su sentido.

TEXTO: Soledad Avaca Cuenca     FOTOS: Hernán Vega

No es fácil poner en palabras lo que los ojos ven y el corazón siente, sobre todo si se trata de ese lugar al que uno vive como propio.

Conviene entonces recorrerlo con ojos de turista para captar su esencia y traducir los encantos que en cada esquina esconde. Algunos dicen que no hay otro igual. Lo cierto es que hay algo que a San Isidro lo hace distinto.

Caminando por el bajo, se encuentran esas casitas de colores, llenas de arte y pasión, con flores que asoman con el sol y otras que con la lluvia dejan escapar un aroma especial que conviene disfrutarlo con ojos cerrados.

Cerca del río, regala una vida más tranquila, donde vale la pena adentrarse y conocer historias que a veces sólo se escuchan lejos de la ciudad. Pero allí están todas. Un hombre que vive en un barco, que dejó el agua para anclarse en tierra. Una mujer que abre las puertas de su casa para mostrar su arte y compartir enseñanzas. Un anticuario que vive rodeado de piezas que cuentan sus relatos de tiempos pasados. O un bohemio que, con guitarra en mano, aún se anima a cantarle al amor. Esa mezcla regala San Isidro. Un poco de todo. Una catedral que se muestra inmensa, renovada, custodiando un rincón que crece al ritmo de la vida. Donde la gente se mezcla en la plaza de artesanos con puestitos que llevan a viajar por el mundo y por las distintas épocas, con objetos y palabras que traspasan el tiempo, y a veces la realidad. Y allí, las bicicletas pasan sin prisa y las risas se escuchan de lejos, quizás de un grupito de chicos que con sus tablas bordean las vías de un tren que ya es parte del paisaje. Y esa estación, reciclada con respeto, es un punto de encuentro. Para enamorarse, para caminar despacito, para encontrarse con amigos, para disfrutar de la música, para hacer un parate en alguna parrillita a la luz de la luna o de unos viejos farolitos que cuelgan de los árboles. Y las mesitas a cielo abierto invitan, sobre todo en esta época del año, a reencontrarse. A sentirse parte del lugar.

Porque San Isidro es así. Un lugar con aroma a vacaciones, para sentirse cómodo, para apropiárselo, para escuchar los silencios cuando cerca del agua el verde se multiplica. Para navegar, para hacer deportes o para sentarse a la vera del río a contemplar el infinito o la gran ciudad que parece abrazarlo. Y eso, para mí, es una mezcla perfecta a media hora del caos del centro porteño. Perfecto para crecer, vivir, envejecer.

Para sentirse parte de lo natural, pero también de la historia. Para conocer en sus museos esa historia que dejó huellas intactas. Para cerrar los ojos e imaginar esa época, de vestidos largos y trajes elegantes, con mujeres con capelina y hombres con bastón que pasean por los jardines de sus estancias. Hoy, el bajo de San Isidro crece, con circuitos de restaurantes y tiendas de autor para disfrutar, pero sin perder esa esencia. Y se convierte en punto de inspiración de esta nota para escribir sin pausa.

Rincones con historia

 

Catedral de San Isidro

Es el símbolo por excelencia de San Isidro. Fue inaugurada en 1898 con la firma de los arquitectos Jacques Dunant y Charles Paquin. Con la misión de detener el deterioro causado por el paso del tiempo, una exhaustiva obra de restauración le devolvió su esplendor. Tras siete años de intenso trabajo, se logró recuperar fielmente el valor expresivo de su estilo gótico. La grandiosidad de sus formas, sus elementos ornamentales, sus vitraux franceses y alemanes cuidadosamente restaurados y su interior lleno de paz y espiritualidad, la hacen única. Motivos válidos para admirarla desde todos sus puntos.

Quinta Los Ombúes

La quinta fue propiedad de Mariquita Sánchez de Thompson y testigo del paso de grandes figuras de nuestra historia, como José de San Martín y Manuel Belgrano. Con los años, pasó a manos de la familia Beccar Varela y, en ella, vivió y murió el doctor Cosme Beccar. Hoy, pertenece a la Municipalidad de San Isidro. Las antiguas habitaciones conservan celosamente objetos y testimonios de ese pasado. Un espacio dedicado exclusivamente a Mariquita Sánchez refleja su destacada actuación en la sociedad de esos tiempos. Seguramente, en su jardín encontraba la paz, ese espacio de reflexión, en medio del verde. Un jardín con barranca hacia el río que regala una de las más exquisitas vistas del bajo de San Isidro. Desde allí, las casas coloridas, llenas de esplendor, asoman por las copas de esos árboles frondosos que custodian un lugar único. Delante, el río.

Museo Pueyrredón

Es la chacra que eligió Juan Martín de Pueyrredón para buscar paz y tranquilidad, en diálogo sincero con el entorno. El museo funciona, desde 1944, en la antigua casona de estilo colonial que exhibe una exquisita colección de elementos que hacen referencia a la vida del prócer y documentos que testimonian los grandes acontecimientos de la época. En su jardín, además, la historia sigue latiendo: bajo un inmenso algarrobo, declarado árbol histórico, Pueyrredón y José de San Martín planearon la Campaña Libertadora. Un espacio para trasladarse en el tiempo, a través de la arquitectura, el mobiliario, los objetos y ese mismo paisaje que alguna vez inspiró a los grandes hombres de nuestra historia.

Villa Ocampo

La historia aún late en sus paredes y en cada rincón de ese apacible jardín, lleno de verde. Se trata de la legendaria e imponente mansión de la escritora Victoria Ocampo que, a lo largo del Siglo XX, fue punto de encuentro de grandes intelectuales, escritores y artistas del mundo. La casa no sufrió grandes transformaciones edilicias desde su construcción y todavía conserva el mobiliario que fue testigo de esas reuniones que sólo el pasado guarda en su memoria. Si algo destaca a Villa Ocampo es la impronta de la escritora y su interés por las vanguardias europeas de principios de siglo. Antes de su muerte, Victoria donó a la Unesco este invalorable lugar para la promoción, estudio, experimentación y desarrollo de actividades culturales, literarias y artísticas. Su sueño se cumplió. Hoy, además, abre las puertas a un mundo que invade al cuerpo de historias, recuerdos, relatos, imágenes únicas y la posibilidad de caminar entre los senderos perfumados de ese jardín, en el que Victoria solía leer a la sombra de los árboles.

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